Resumen de Noticias
El perdón como horizonte |
Lo que provocó más escándalo y hostilidad hacia Jesús durante su actividad en Galilea fue su amistad con los pecadores. Nunca había ocurrido algo parecido en Israel. Ningún profeta se había acercado a ellos en esa actitud de respeto, amistad y simpatía. Lo de Jesús era inaudito. El recuerdo que había dejado el Bautista era muy diferente. Juan había denunciado a los pecadores, les había recordado el castigo que los amenazaba y había introducido un gran rito de purificación y penitencia para sacarlos del pecado. Su actuación no escandalizó a nadie. Era lo que se podía esperar de un profeta, defensor de la Alianza entre Dios y el pueblo. Pero lo de Jesús era difícil de entender. No hablaba de la ira de Dios contra los pecadores. Al contrario, según él en el reino de Dios había sitio para los pecadores, los recaudadores y las prostitutas. No se dirigía a ellos en nombre de un Juez irritado, sino de manera amistosa y acogedora, en nombre de un Padre compasivo. No los amenazaba ni les urgía a un bautismo de penitencia. Los convidaba a sentarse a su mesa y les invitaba a seguirle. ¿Cómo un hombre de Dios los podía aceptar como amigos sin exigirles previamente conversión? ¿Cómo podían entrar en su movimiento sin ponerles condiciones para su ingreso? Lo que más escandalizaba era verle a la mesa en su compañía. Era algo inimaginable en alguien considerado como «hombre de Dios». Sin duda era un gesto provocativo que Jesús buscó intencionadamente y que generó una reacción inmediata contra él. Las diversas fuentes recogen fielmente primero la sorpresa: «¿Qué? ¿Es que come con los publicanos y pecadores?» y después las acusaciones de los más hostiles: «Ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de pecadores». No sabe marcar las barreras. No tiene vergüenza. ¿Cómo puede actuar así? El asunto era explosivo. Sentarse a la mesa con alguien siempre es signo de respeto, confianza y amistad. No se come con cualquiera. Cada uno come con los suyos: los gentiles con los gentiles, los judíos con los judíos, los ricos con los ricos, los pobres con los pobres, los fariseos con los fariseos, los monjes de Qumrán con su comunidad. Jamás un hombre piadoso y respetable se sentaría con pecadores y prostitutas. Comer juntos en la misma mesa quiere decir que se pertenece al mismo grupo. ¿Qué quería decir Jesús? ¿Estaba de parte de los pecadores? ¿Pertenecía al mismo grupo? Jesús insistía en comer con todos. Su mesa estaba abierta a cualquiera. Nadie se debía sentir excluido. No hacía falta ser puro. No era necesario limpiarse las manos. Podía compartir su mesa gente poco respetable, incluso pecadores que vivían al margen de la Alianza. Jesús no excluía a nadie. En el reino de Dios todo ha de ser diferente. La misericordia acogedora sustituye a la santidad excluyente. El reino de Dios es una mesa abierta donde pueden sentarse todos. No hay que reunirse ya en torno a mesas separadas que excluyen a otros para salvaguardar la propia identidad. La identidad del grupo de Jesús consistía precisamente en no excluir a nadie. Probablemente, nunca ha habido sobre la tierra un hombre que ha proclamado con tal fuerza y hondura la amistad, el perdón y la acogida de Dios hacia quienes lo olvidan o rechazan. Su mensaje sigue ahí resonando para quien lo quiera escuchar: «Cuando os veáis juzgados por la ley, sentíos comprendidos por Dios; cuando os veáis rechazados por la sociedad, sabed que Dios os acoge; cuando nadie os perdone vuestra indignidad, sentid sobre vosotros el perdón inagotable de Dios. No lo merecéis. No lo merece nadie. Pero Dios es así: amor y perdón. No lo olvidéis nunca. Creed en esta Buena Noticia». Una vez más, Jesús contó una parábola. Esta vez, la de un señor que organizó una gran cena. Como es natural, no invitó a cualquiera sino a sus amigos, personas ricas e influyentes. Pero, al llegar el día, cuando su siervo los llamó para acudir al banquete, todos presentaron sus excusas y lo dejaron solo. El señor reaccionó de una manera sorprendente: «Habría banquete, por encima de todo», y se le ocurrió invitar a los que nadie invitaba: «los pobres y lisiados, los ciegos y cojos» que vivían en los barrios pobres de la ciudad. Como todavía, había sitio, mandó a su siervo salir fuera de la ciudad, hasta «los caminos y las cercas» para llamar a los que vivían junto a las murallas: forasteros, vagabundos, gente indeseable, los que, de noche eran expulsados de la ciudad, al cerrarse las puertas. Los oyentes de Jesús no se lo podían creer. ¿Un banquete abierto a todos, sin listas previas de invitados? ¿Una mesa abierta a todo el que no se autoexcluya: varones y mujeres, puros e impuros, santos y delincuentes comiendo juntos en torno a Dios? ¿Será verdad que, al final, hay una fiesta en la que Dios se verá rodeado de pobres, pecadores e indeseables? ¿Será cierto que no quiere quedarse eternamente solo en medio de una «sala vacía»? ¿Será verdad que Dios está preparando una gran fiesta final abierta a todos los que escuchen su invitación, pues a todos siente él como amigos, dignos de compartir su mesa? |
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