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Resumen de Noticias

La sabiduría fraterna de nuestras palabras

 


En medio de un mundo permeado por el miedo y la desesperanza, nuestras palabras y acciones como cristianos están llamadas a cargar con el peso de ser testimonios que, como provocación profética, compartan la esperanza posible de un porvenir global que se esfuerce y luche por restaurar la reconciliación entre todas las culturas y religiones del mundo.

Hoy en día, son muchos los que claman desesperadamente como Qóhelet: «Vanidad de vanidades, todo es vanidad» (Qo 1,2). Clamor que, como cristianos, estamos llamados a escuchar para procurar alcanzar un reposo verdadero y auténtico, honesto y feliz, en nuevos signos que eleven la esperanza de nuestros hermanos y hermanas.


El sinsabor y el espanto ante el porvenir, la apatía ante la formación cultural y la profesionalización, el crecimiento de rasgos de deshumanización en la práctica continua de la discriminación político ideológica, y la desestructuración institucional y democrática de muchos países, claman de modo urgente ante la comunidad de seguidores del Mesías (Hech 11,26ss), reconocido con aquél título cristológico que puso en riesgo la vida de tantos creyentes que confesaron a Jesús como su único Señor, frente a tantos otros señores y amos poderosos de este mundo.


La pesadumbre de la lamentación que reza: «entregué mi corazón al desaliento, por todos mis fatigosos afanes bajo el sol» (Qo 2,20), no debería vencernos. Las palabras que pronunciamos han de aprender, entre agobios y lágrimas, a ser el llamado de tantos de nosotros y a ser la voz y mediación históricas de nuestros hermanos, los más pobres y olvidados, para que podamos comenzar a reconocer que sí hay signos en nuestro tiempo capaces de expresar el anhelo cierto por restaurar la auténtica fraternidad en la sociedad, y así inspirar una verdadera esperanza en el futuro.


Deseamos no tener que gritar algún día: «¿qué ganancia tiene el hombre en todas las fatigas con que se afana bajo el sol?» (Qo 1,3). Para ello, todos estamos llamados a hacernos cargo del compromiso de esta historia que vivimos a fin de medir la altura de nuestra humanidad por la verdad del servicio fraterno que prestamos día a día, tanto con la vida, como con las palabras.


La fe de los creyentes no es genérica ni abstracta; menos aún puede ser acomodaticia, servil. Como lo recuerda la Gaudium et Spes en el Concilio Vaticano II, nuestra «fe lo ilumina todo con una nueva luz y manifiesta el divino propósito sobre la vocación integral del hombre, y por eso dirige la inteligencia hacia soluciones plenamente humanas» (GS 11), es decir, verdaderamente fraternas.


No podemos caer en aquello que el escritor alemán Max Picard sj denominó: Zusammenhangslosigkeit, esto es una especie de pérdida de nuestra capacidad de vincularnos con los acontecimientos irracionales que van sucediendo en la sociedad, como fruto de un proceso de ideologización de la realidad que termina por convertir a la fe en algo meramente instrumental y acomodaticio, antes que constitutivo y siempre contracultural.

 

¿Será que bajo la supuesta expresión del miedo a levantar nuestras voces, escondemos, más bien, la pérdida de toda capacidad de asombro frente a lo absurdo de las situaciones que van ocurriendo en nuestro entorno, llegando a percibirlas como normales o males necesarios? En el fondo estará el peligro latente y la posibilidad de caer en procesos interiores de deshumanización apática, sobre los que se va propiciando una desafortunada ineptitud para discernir, cristianamente, los medios sociopolíticos, económicos y religiosos practicados por los poderes establecidos en la historia cotidiana de nuestro pueblo.


Qué responsabilidad tan grande la de todo sujeto humano en este orbe, qué inmenso valor el de nuestras vidas y las palabras que podamos emplear, aunque con temblor y humildad, en esta historia. Si con el uso que damos a nuestras palabras sabemos cargar con el talante de la profecía y la sabiduría, descubriremos que sólo desde el amor podemos clamar por una urgente reconciliación de tantas relaciones fracturadas en las sociedades del mundo, asfixiantes y angustiosas precisamente por su rudo peso sobre nuestras vidas. Sólo desde el amor es posible la auténtica reconciliación fraterna. Sólo desde el amor podemos ser signos nuevos de esperanza auténtica en medio de nuestra sociedad. Un amor que se dona como Palabra fraterna que asume siempre al otro para constituirlo en sujeto libre y reconciliado.




 
 
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